Crónica de la muerte del poeta Medardo Ángel Silva (1898 -1919)






Mientras revisaba los ejemplares de El Guante de los años 1919 a 1921, me llamaron mucho la atención las frecuentes crónicas de suicidios que aparecían publicadas. Para una ciudad pequeña como la de aquel entonces (comparada con la de ahora) me pareció muy curiosa la que incluso el mismo diario llama “Oleada de suicidios”; la mayoría era gente joven y tal vez angustiada ante su incierto futuro no encontró otra salida que la de terminar con su existencia. Recordemos que precisamente en aquella época nuestra ciudad atravesaba por una grave crisis económica la que, eventualmente, llevaría a los obreros a protestar en las calles con el desenlace del tristemente célebre 15 de Noviembre de 1922.

Fue inevitable encontrarme con la crónica del suicidio del poeta modernista, publicada el 11 de junio de 1919, del cual es probable que nunca se descubran las verdaderas razones que lo empujaron a tomar tan trágico fin. La crónica recrea dramáticamente los últimos instantes de su vida y al final publica unos versos de Silva de “Suspiria de Profundis” añadiendo que evocan la idea del suicidio con una “tranquila seguridad”. A continuación sigue un pequeño extracto del extenso artículo donde primero se menciona que el poeta llegó de visita a la casa de la Señora de Villegas a eso de las 9 de la noche…

“Esta vez manifestó a la señora de Villegas que deseaba hablar a solas, cinco minutos con la señorita Rosa Amada, hija de aquella, que cuenta 15 años.

–¿Tiene Ud. Que decirle algo que solo deba oír ella?- preguntó su interlocutora.

–Quiero hablar cinco minutos solo con ella, en la sala, respondió el señor Silva.

Dicho esto, encaminose el poeta precedido por dicha joven que llevaba la lámpara, y penetrados en la sala, él ocupó un sillón al lado de una poltrona, y ella una silla, no lejos de él.

¿Qué palabras cruzaron entrambos? Qué sucedió en esos momentos?

Madre e hija aseguran que ignoraban completamente las causas que pueden haber determinado al señor Silva a tomar tan extrema y misteriosa resolución.

Lo cierto es que transcurridos los cinco minutos que había pedido para hablar a solas con Rosa Amada, Medardo Ángel extrajo rápidamente del bolsillo de la americana, su revólver y aplicando la boca sobre su sien derecha, descargó el arma, disparándose el tiro con firmeza, y exclamando. ¡esto debe terminar así!

Cuando alarmada por la detonación, acudió la familia a la sala, el joven Silva se inclinaba ya con las ansias de la muerte a un lado del sillón, apoyada la cabeza en el respaldo de la silla.

Avisada inmediatamente del horrible suceso, la señora madre del poeta pudo encontrar a su hijo moribundo. Pero se hallaba en los últimos momentos y pronto quedó sumido en la misteriosa inmovilidad del no ser …”

La joven inspiradora del poeta.

Al día siguiente del trágico suceso, el 12 de junio de 1919, El Guante publicó un artículo en su primera plana e incluía la foto de la adolescente novia del poeta, que según la crónica del día anterior fue testigo del suicidio. Parte del artículo dice:
“He aquí la encantadora niña que tiene la clave del misterio doloroso de la muerte del malogrado poeta, cuya tragedia ha puesto un mundo de amargura en todos los corazones.
He aquí la inspiradora de sus versos y la fomentadora de los sueños melancólicos del bardo y a cuyos oídos sonó el adiós que truncó esa vida en la que las sombras del dolor mataron todas las ilusiones.
¿Fueron, acaso, sus delicadas manos las que crueles troncharon la flor de los amorosos ensueños? ¿Fueron, acaso, sus labios los que dijeron la palabra de desengaño? ¿Fueron sus bellos ojos los que le negaron la luz para iluminar la áspera senda del poeta? ¡Quién sabe!
Quizás también la desolada virgen no comprendió el fatal secreto que iba a abrir el negro abismo entre sus vidas, y al ver caer a su lado al bardo adolescente, salpicando con la roja y caliente sangre su blanco corpiño, en la trágica y horrible escena, vió caer muerta su ilusión, entre el dolor y el asombro.
¡Pobres almas que tal vez por diversos caminos fueron ciegas, la una hacia el dolor y la otra hacia la muerte!”

Una nota final.
El pasado 14 de febrero de 2010, el diario Expreso publicó un reportaje especial titulado "Una mujer que fue musa de dos poetas", del cual cito brevemente que: Rosa Amada se casó a la edad de 18 años con Lauro Dávila, autor de la letra del pasillo Guayaquil de mis amores;
murió en 1989 y era una maestra de Manualidades ya jubilada para entonces. Según Abel Romeo Castillo, biógrafo de Silva, "Ella nunca quiso hablar de Silva, ni del hecho trágico que los unió en la historia sentimental y romántica de Guayaquil..."

Comentarios

  1. wow muy interesante, yo soy de Guayaquil y estoy estudiando Historia del Arte en Madrid esta muy Bueno tu Blog te felicito

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